Nunca he sido muy quisquillosa con las cosas, ni con las personas, ni tampoco me ha gustado criticarlas, pero la mujer del retrato frente a mí estaba completamente fea.
Tenía la piel arrugada, cetrina, cicatriz de una larga vida, quizá tenía más de 63 años. Tenía también un pómulo más alto que el otro, por lo que su cara parecía un Picazo. Los ojos estaban hundidos, casi no tenían brillo y se veían del color que se forma cuando mezclas muchos colores. Eran pequeños y muy feos. Sus labios eran delgaduchos y grises, en vez de rosados.
Además vestía con ropajes muy antiguos, y realmente estaban muy viejos y desvalidos. Eran ropas de color café, y verde olivo, que hacían que ella pareciera más vieja aún. Llevaba un viejo chal de cuentas. Pero lo más espantoso era su cabello, una maraña de ramitas plateadas desparramadas por toda la cabeza de la desventurada mujer. De seguro ya era fea en juventud.
Desde donde yo me encontraba podía ver cada arrugada, cada imperfección y cada cicatriz. Incluso en sus manos había espantosas manchas de color marrón oscuro. Y eran terriblemente huesudas. Parecía más bien un leopardo por las manchas.
Unas chicas atravesaron la galería riendo. Tenían el aspecto de universitarias. Miraban cada pintura y tomaban notas, hasta llegar a un cuadro de una mujer muy fea, se dieron vuelta y se encontraron con ellas mismas.
Que extraño que hayan colocado un espejo frente a éste tan feo – comenta una de ellas.
¿Quién querría que este cuadro luciera más? Por allá está uno de los tantas retratos de la Venus, tal vez podríamos hacer una adaptación para la clase de artes.
Las dos siguieron su camino hacia la siguiente sala, y dejaron el pasillo desierto. Debajo del cuadro de la mujer fea estaba inscrito:
¿Camila, la vanidosa?
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