Oh-Oh!
No hay comentarios | Ene 27

La acusada fue llevada por numerosos policías a escondidas para que los reporteros no presenciaran el lugar al cual la llevarían. Parecían estar en medio del bosque. Después de dos horas de camino, se detuvieron. Todo fue tan extraño para Elena, no sabía que pasaba; inquieta, salió del camión y apreció su alrededor.

El policía de más alto rango, explicó a la joven lo que se haría. Dejarían que huyera, tratarían de disparan pero podía irse si no la alcanzaba ninguna bala. Elena accedió. Ya no tenía nada que perder, puesto que ya había perdido todo. Y su más grande dicha sería ser alcanzada por alguna bala piadosa de ella. A pesar de todo esto, no se arrepentía del acto que había cometido. En esos momentos que parecía todo tan apresurado, en un instante recordó todo lo sucedido.

Todo empezó cuando se encontraba una chambra negra y una saya lisa colgados de un gancho desde un clóset, esperando para ser usados por Elena, una joven adolescente de no más de 18 años, piel blanca, nariz afilada, ojos grandes y siempre enrojecida por el calor que se presentaba cada verano en Monterrey, una pequeña ciudad al norte de México, a principios del Siglo XX.

Pero Fernando no fingía, estaba perdidamente enamorado de Elena desde que la conoció en uno de sus paseos.

Elena se arreglaba lo mejor posible cada domingo en la mañana para ir a la iglesia junto a su familia, pero esa no era la razón para tardarse dos horas, sino porque al mediodía, se reunía su familia con la de su futuro esposo, para resolver los asuntos de la boda en su casa, como era costumbre. El tiempo en la iglesia estaba congelado para ella y seguía cada vez más lento; su ansiedad le hizo perder la paciencia, no soportaba estar más ahí, a pesar de que se contradecía por los malvados pensamientos de dejar de rezar, pero en su exterior no se apreciaba esta desesperación, más bien una tristeza en sus grandes ojos de querer ver a su amado.

Apresurando el paso para llegar a su casa, se miró en el espejo, se dio un retoque en el maquillaje, y fueron unos minutos después cuando lo encontró entre la multitud de las dos familias juntas, con una sonrisa que se podría distinguir a distancia y cualquiera que estuviera viendo desde la ventana, podría pensar “Nadie puede ser tan feliz, debe estar fingiendo”. Pero Fernando no fingía, estaba perdidamente enamorado de Elena desde que la conoció en uno de sus paseos.

Y qué tonto de sí mismo se veía ese hombre, y su sonrisa que acentuaba su dentadura blanca, lo cual era infrecuente en aquellos días, su piel quemada mostraba la enorme cantidad de tiempo que pasaba en el sol divirtiéndose con sus amigos al montar caballos. Su postura siempre mostraba estar seguro de sí mismo, alto y con ojos risueños que robaba la mirada de toda joven en la ciudad.

Y su felicidad causada por Elena, desde el día que le contestó una afirmación al pedirle su mano. Ninguno de los dos podía disimular esa felicidad.

Elena y su madre se alejaban de la multitud para recibir a su prometido y a la futura familia y como era de esperarse la chaperona llegaba junto a ella para acompañarla en todo momento que estaría con Fernando y con mayor razón, puesto que irían a la feria anual que se celebraba para recaudar fondos a la mejoría de la catedral.

Se retiraron en cuanto hubo oportunidad. En el camino, se escuchaban los rumores del nuevo casamiento entre ambos jóvenes distinguidos ante la sociedad por su notable felicidad, ya que era costumbre casarse por conveniencia. En la feria, disfrutaron de ella como unos niños mimados, tomando chocolate, jugando a la lotería y terminaron gozando de la vista de la ciudad desde la rueda de la fortuna.

Al anochecer, Fernando acompañó a Elena a su casa y como era costumbre, él no podía entrar junto con ella, puesto que era mal visto después de que se haya ocultado el sol, por lo que en la entrada, se despidieron con un beso en la mejilla y Fernando se retiro de la casa, lentamente, como si quisiera quedarse más tiempo junto a su amada.

Durante cinco meses, siguieron los preparativos de la boda hasta que finalmente llegó ese momento tan esperado por las dos familias, pero especialmente por los novios. Se dio a conocer en los periódicos la noticia de dicha boda, y se anunciaba que fue excepcional, sería la más distinguida entre todas las bodas de ese mismo año, lo que causó un gran merito entre las familias por el empeño que le pusieron.

Como si todo fuera sacado de un cuento donde el príncipe se casa con la princesa y al final, se casan para vivir por siempre felices, de esa forma se sentían los ahora esposos. Inevitablemente, ninguna historia es perfecta.

Habían pasado cinco años desde aquel evento inolvidable. Fernando trabajaba en la empresa de su padre y Elena atendía las tareas del hogar. Todo parecía tranquilo a simple vista de cualquier extraño, pero Elena, notaba una gran diferencia en su marido: estaba diariamente cansado, batallaba para leer el periódico, a pesar de utilizar lentes, pero su preocupación aumentó cuando descubrió a su esposo vomitando en el baño de su recámara, y además decía que tenía un fuerte dolor de cabeza, por lo que no dudó en llevarlo al hospital de inmediato.

Como si después de tanta felicidad, fuera una obligación el recibir una noticia trágica, eso fue lo que ocurrió. Fernando tenía un tumor maligno en el cerebro. Una noticia tan sorpresiva, pero los dolores no fueron de un día para otro, él los ocultaba para no preocupar a su esposa. En seguida, fueron con un especialista, después con otro, y con otro, y así sucesivamente hasta que Fernando se cansó de los experimentos, las medicinas, los análisis, de todo lo que tuviera que ver con su enfermedad.

A pesar de todo esto, Fernando deseaba un hijo, el cual llevara su apellido, ya que era hijo único y no quería que se perdiera su nombre. Discutían de cómo podía él pensar en un hijo si no podía cuidarse de si mismo. La conmovía con palabras de anhelo de un ser nacido por su amor, incomparable el sentimiento pero la enfermedad lo impedía. Cada día, Fernando era derrotado con la angustia de lo que podría pasarle a la mañana siguiente.

Dejaron de disfrutar de su matrimonio para enfocarse en dicha enfermedad; Elena lloraba por las noches cuando Fernando se quedaba dormido, despreciaba el día en que él sería arrebatado de su lado y era en lo único que podía pensar, pues no notaban una mejoría, sino todo lo contrario, cada día estaba peor, los dolores eran cada vez mas fuertes y no dejaba de quejarse de ellos, incluso en las noches, hablaba dormido de los dolores y era raro cuando podía conciliar el sueño. Después de unas semanas, Fernando se percató del llanto de Elena, la amaba tanto que no podía soportar escucharla de esa manera, le agradecía tanto su compañía y fue cuando tomó una difícil decisión.

Sin duda, Fernando daría su vida por Elena, él nunca habría sido tan feliz como lo está con ella si estuviera con otra persona. Con todos estos pensamientos, llegaba a la misma conclusión que había tomado, y, decidido a llevarla a cabo, hablaría con Elena al siguiente día al respecto.

A la mañana siguiente, Fernando más enfermo que de costumbre, no podía moverse de cama y necesitaba a Elena para trasladarse de un lugar a otro. Con los ojos moribundos, le explicó a su amada de sus planes, puesto que ya no podía seguir sufriendo por ella y por sí mismo; el dolor era insoportable, necesitaba descansar ya en paz, lejos de toda la amargura.

Elena casi se desmayó por tales pensamientos tan egoístas de su parte, puesto que lo apartarían de su lado, miedo que ha temido desde el conocimiento de su enfermedad. Se llenó de angustia, notando que Fernando haría lo que fuera para llevar a cabo su decisión. Ambos con lágrimas en los ojos, la voz quebrada y se podía apreciar en algunos momentos, la molesta voz de Elena con su marido pero a pesar de eso, los dos se despedían.

Fernando guió a Elena para darle fuerza, decidido por lo que aspiraba. Consumió dos calmantes fuertes y en unos instantes se quedo dormido. Elena tomó la pistola del gabinete de Fernando. Temblorosa, tiro del gatillo que apuntaba hacia su frente. A lo lejos, se escucharon tres disparos, uno inmediatamente del otro. Los vecinos los confundieron con fuegos artificiales por las fiestas.

Después de unos momentos, los gritos de Elena empezaron a alarmar a sus vecinos. En seguida, llamaron a la policía, pues pensaban que le había ocurrido un accidente grave a Elena, pero cuál fue su sorpresa, cuando al llegar encontraron a Fernando tirado en el suelo de su recámara y a Elena acostada a su lado, abrazándolo.

Los vecinos estaban atormentados por ver a Elena llevada presa por la policía y la ambulancia llevando el cuerpo de Fernando a la morgue, hicieron que las murmuraciones de los hechos no se hicieron esperar, los periódicos anunciaban el asesinato de Fernando por su querida esposa. Todos tenían aún sospechas de que él se pudo haber suicidado, ya que no se tenía conocimiento de los calmantes que Fernando había tomado antes de los disparos para evitar el dolor. Cualquiera pensaría que se trataba de otra persona, pero al ver las imágenes tan explicitas del cuerpo de Fernando, no quedaba duda de lo ocurrido.

Elena asesinó a su marido.

Pasado un año, Elena relató su historia a un periodista buscador de la verdad, puesto que era imposible de creer, que él le pidiera un acto inhumano tal como lo es el matar. Esa era su historia, inconcebible, como todo desde un principio perfecto para ambos, acaba con un alma sola, sin nada que desear más que el día en que estará acompañada de su amado.

Unos meses después, el pueblo reclamaba justicia, especialmente la madre de Fernando por la confianza que había puesto en Elena, pues pensaba que la engañó al demostrar su cariño cuando todo era falso. No encontraba las razones para este suceso; simplemente era inexplicable.

Ante tanto alboroto, el juez decidió llevar a cabo una reconstrucción de los hechos, y posteriormente a eso, anunciaría su castigo.

Y así fue como llegó a ese punto de su vida cuando tenía que correr para librarse de los policías. Corrió por no más de dos minutos cuando sintió un dolor inmenso en la espalda. Unos segundos después, sintió el mismo dolor en su pierna y por ultimo, el dolor que apaciguó el mismo, un dolor en su corazón. Llevada entre la tranquilidad, arrepentida por el acto que quedaría marcado para toda su vida, encontró al fin esa paz de la cual hablaba su querido.

Entre sus ultimas palabras, repetía entre sollozos, “Fernando, al fin estoy a tu lado. Perdóname por haberte hecho esperar”. Cerró sus grandes ojos y dejó ir la última lágrima, puesto que ya no habría sufrimiento, no existía a lado de su adorado Fernando.

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